viernes, 8 de octubre de 2010

¿El supermercado o la jungla?

Algo tan sencillo como parece hacer la compra puede convertirse en una auténtica aventura. La odisea empieza desde el momento en que entras. Buscas una cesta y, por supuesto, no hay ninguna a la vista; oteas el horizonte y descubres que al lado de la caja hay dos o tres cestas. Te abres paso entre la gente al tiempo que repites: perdón, por favor…Algunos ponen cara de “si te piensas colar lo llevas claro”. Bien! Primer obstáculo superado: ya tenemos la cesta. 

Segundo: buscas la lista de la compra en el bolsillo pero, claro, te la has olvidado en casa.- ¿Cómo puede pasarme siempre lo mismo?- piensas. Toca hacer memoria. Recorres el supermercado esquivando a la gente y, por fin, llegas a la caja con cara de pocos amigos. Entonces te das cuenta de que se te ha olvidado el pan. Pones tu mejor sonrisa y le dices a la señora mayor de detrás, que parece tener muchísima prisa, que por favor te guarde un minuto el sitio. Vuelves corriendo, le das las gracias y comienzas a sacar todo de la cesta y a dejarlo en la cinta transportadora. Mientras preparas el monedero, la cajera te dice si no te interesa llevarte una trenza (dulce típico de la zona) que está de oferta y muy buena. Le dices que no, que quieres mantener la línea; ella te mira como si acabara de ver a un extraterrestre y con sus grandes dotes de comercial insiste haciéndote ver que, dado que son las fiestas de la ciudad y seguro que tienes invitados, una trenza te va a venir muy bien. Tú lo único que quieres es salir de allí cuanto antes y le vuelves a repetir todo lo amablemente que puedes, que no te interesa el producto. La cajera desiste, te cobra y tú desearías ser un pulpo para tener ocho brazos y poder buscar las monedas en la cartera, pagar y a la vez ir colocando la compra en las bolsas. Lamentablemente no eres tal cefalópodo y te afanas en abrir las bolsas mientras la cajera mezcla tus productos con los de la señora que va detrás de ti. Cuando ya tienes todo colocado te vas. Sales a la calle y el pobre de la puerta te pide una limosna, pero te faltan manos y le haces un gesto con la cara pidiendo que te disculpe. Llegas al portal de casa, dejas las bolsas en el suelo y revuelves el bolso en busca de las llaves; tienes suerte y aparece un vecino que te abre la puerta y le comentas: “ay estos bolsos, siempre igual, se van las llaves al fondo y nunca encuentras nada”. Sonríe. ¡quién fuera hombre para no tener que llevar bolso!
Subes a casa, dejas la compra y vuelves a salir. Esta vez vas a otro super a comprar la leche porque allí te hacen descuento. Hoy no es tu día y no hay de la leche que te gusta. Vuelves a la jungla, digo, al supermercado donde has estado antes. Coges la leche y te pones en la fila para pagar. La cajera te mira y pregunta: ¿se te había olvidado algo o qué? Claro no tienes ganas de contarle que en realidad habías ido a otro super porque te hacen más descuento pero no había leche y, simplemente, le dices: no, es que no podía con todo en el primer viaje. Ella vuelve a sacar su vena comercial y te suelta: “ah! Pensaba que venías por la trenza!” Ya no tienes ganas ni de sonreir.
Llegas a casa, esta vez para quedarte, y ahora la segunda parte: sacar la compra y colocarla.
Me entran sudores sólo de recordarlo.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada